Los entuertos de Eustaquia

Eustaquia no sabe en dónde está parada, si es que está parada, porque hasta de eso mismo duda. Quizás esté acostada e imagine todo lo demás. Se siente desubicada con ese nombre que la marca cuando va a los conciertos de rock que le fascinan, ataviada con su indumentaria negra que provoca, dejando los hombros desnudos gracias a unos tajos hechos adrede a una remera semiajustada que le marca el busto de manera casi insultante y excitante. Y ella va, con sus ojos delineados con lápiz negro y cargados de rimmel XXL que le hace el efecto de cortina más que de pestañas pobladas, y se abre paso con ese nombre que pega más con una monja de clausura del siglo XIX que con una mujer que rasga sus prendas para insinuar una sexualidad existente. Ella mira con ojos de gata amenazante, se pone a la defensiva y usa esa postura corporal que tienen los desconfiados, y con la mirada taladrante dice sin decir: - Ni se te ocurra burlarte de mi nombre porque te castro acá mismo. Y ...