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El hombre inasible

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Un día gris de mayo, cuando el hombre inasible se despertó y miró su cuarto como cada mañana, en vez de ver sus muebles, su colcha, sus sábanas, la ropa de él y de su mujer sobre la silla al lado de la cómoda… no vio más que el rostro de aquélla a la que tiempo atrás le prometiera una cita que nunca cumplió. No es que en principio no hubiera pensado en ir y verla un ratito en un lugar neutral y cumplir—digamos, en un café céntrico, ocupando una mesa al lado de la calle, por si ella era una loca—es que en realidad no lo había entusiasmado nunca esa cita, pero no supo decirle que no de algún modo, fuera ese modo elegante o no. Y fue dilatándola, hasta hacerla desaparecer por omisión. Sucede que ella era tan amorosa y complaciente, tan llena de entusiasmo, que a él le daba pena infligirle el ninguneo explícito; ninguneo que de todos modos llevó a cabo y fue peor, porque acorde pasaba el tiempo y la cita no se producía, ella se daba cuenta de que él nunca había querido ese e...

C H A R L E V O I X (crónicas de Québec)

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Chéri... si supieras cuántas cosas tengo para contarte... no me alcanzan los renglones de esta hoja para decirte sobre todas las canciones que he compuesto en este tiempo, los poemas que he escrito, los cuentos que son tantos que ya ni vale la pena empezar a contarlos porque la vida se pasa y no puede uno estar leyendo in aeternum porque entonces dejaría de vivir para vivir leyendo, je ne sais pas. Recuerdo con frecuencia un lugar en particular en donde viví algunos de los días más felices de mi existencia completa... ¿Te acordás de la ducha fuera del chalet en Charlevoix?… qué aventura más divertida, qué tranquilidad vivimos allí en el medio de la nada; me parece como si fuese hoy que salíamos corriendo de la casa porque hacía frío y nos bañábamos juntos para darnos calor. Qué maravilla el contacto de nuestros cuerpos tocándose mojados con la fragancia del jabón de glicerina. Solíamos reirnos en esa época, por todo, por nada, reirnos a carcajadas que hoy sólo resuenan en mi c...

Isidro

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Isidro nació una tarde soleada, cálida y hermosa de mayo en el otoño porteño de hace unas cuantas décadas, y como tantos de su generación, el hecho no se sucedió en un hospital sino que su madre parió en la casa, en la cama matrimonial vestida con sábanas inmaculadas con aroma a lavanda.  Al verlo, el padre se dio cuenta de que nunca algo lo haría más feliz que tener un hijo, pero la madre, contrariamente a lo que se esperaba de ella, no sintió nada por Isidro. Tal fue el desencanto al tenerlo en brazos, que se lo entregó rápidamente al marido como quitándose un peso de encima y decidiendo ya en ese momento que el pequeño se alimentaría con biberón y no de su pecho. Nadie entendió a la mujer; sintieron rechazo y fastidio hacia ella a partir de ahí, cuando la vida de todos cambió de rumbo para siempre.  Esa madre había esperado tan contenta durante los nueve meses de embarazo, había tejido, cosido, comprado, decorado, cantado... y ahora, que por fin tenía frente a ella ...

Quintaesencia

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Ella era fácil porque era leal y eso parece no seducir a casi nadie. Como era fácil, se tornaba difícil o imposible ante cierta gente que acostumbrada a las mezquindades y la liviandad imperante en la mayoría, se asusta cuando alguien de alma generosa se entrega para ser feliz, sin hacer cálculos, fluyendo para sentirse pleno; en este caso, plena. Ella se sentía llena de gracia, plena, rebosante, infatigable, sedienta de travesuras inocentes, ávida de historias por escribir, curiosa, redimida, redentora, valiente, arriesgada, Mimì, Tosca, Butterfly, Musetta, Isolda, Senta, además de otras. Y paralelamente con todas las cosas buenas, también era demasiado confiada, vulnerable, explosiva y celosa sin motivos; una celosa por las dudas , por si acaso. Ella necesitaba abrir el paraguas antes de que lloviera, y sí…abría paraguas y sombrillas aún cuando todo estaba bien, calmo, y con eso provocaba lloviznas, lluvias copiosas, granizos, tempestades, huracanes que arrasaban con todo lo...