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Mostrando las entradas etiquetadas como placeres delirantes

La ducha vaginal

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Dibujo de Raquel Barbieri  Elenita padecía de picazón e inflamación en la vulva de manera crónica. Esta molestia se acrecentaba cuando de vez en cuando lograba tener un contacto sexual, de manera que vivía haciéndose baños de asiento, calientes e impregnados de un polvo mágico de un laboratorio conocido. La cuestión era que a Elenita le parecía un desperdicio el uso de varios sobres del producto para que rindieran dentro del bidet, puesto que el método para hacer entrar la solución dentro de sus partes no era otra cosa sino producir un oleaje feroz, alternando manos izquierda y derecha en forma sincronizada y acompasada, como la natación sincronizada pero sólo de manos. Así, algo lograba. Una mañana despertó con inquietud y desasosiego. Encendió su computadora para buscar una ducha vaginal con la cual llevar a cabo la empresa con éxito, y encontró un aparato extraño que prometía la felicidad de la usuaria. Una amiga se lo compró en una farmacia céntrica por avenida Córdo...

Cucaracha

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Las manos y la cara le sudaban asquerosamente justo en el momento en que se encontró frente a frente con ella, Regina, la mujer que hacía años que lo volvía loco y quien sin embargo, lo ignoraba impunemente. Él pensaba que hasta valdría más la pena ser cucaracha que hombre invisible, ninguneado, simple papel de calcar berreta. Por lo menos, siendo cucaracha la asustaría y ella lo miraría bien hasta matarlo o hasta que él, escapando de los gritos, se metiera en una ranura o grieta para que ella dejara de sufrir. Tal vez, ella gustaba de las cucarachas y haría de él su mascota, lo bañaría en verano, le daría de comer en la boca, le peinaría los pelitos de las patitas. Pero no, era un hombre que pasaba inadvertido para todas y principalmente para ella; encima, le transpiraban las manos como si acabara de lavárselas y no encontrara una toalla para secarse. Sí, definitivamente era mejor ser la cucaracha de Regina antes que darse cuenta de que como hombre sólo le causaría lástima.

El raro

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  Había pasado con mi perro muchas mañanas por la puerta de su casa desde el pasado noviembre, sin saber que él vivía allí. El único cantero de la cuadra que ha perdido forma y en donde los pastos están tan altos que es imposible ver qué se esconde debajo, es el de la casa del raro, del mismo hombre que me asustó hace un año cuando yo miraba una vidriera en la lencería que estaba cerrada en ese momento, cuando acercándoseme de una manera propia de un confianzudo o de un demente, me preguntó qué iba yo a comprarme. Luego de mi estupor inicial, me di cuenta de que a este hombre le faltaba una pieza para que la maquinaria mental le funcionara normalmente, pero aún teniendo en cuenta esta consideración, despiadadamente como suelo actuar cuando algo me molesta, le dije: - Voy a llamar al 911, esperando con esto espantar al abejorro baboso que me rodeaba y cuyo olor a rancio ofendía el espacio circundante, aunque muy lejos de la reacción que yo esperaba, me encontré con la re...

Gerardo

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Las historias sólo les suceden a quienes son capaces de contarlas. -Paul Auster- Gerardo leía en el subte, en el tren, en la plaza de su barrio cuando había un poco de sol, en la cama, tirado en el suelo, en cualquier parte en donde hubiese al menos un hilo de luz que permitiera a sus ojos descifrar el escrito. Era lo que se dice, un ávido lector, uno de ésos que no levantan la vista para ver qué pasa a su alrededor. El vivía enfrascado entre las hojas de alguna novela apasionante y sólo salía de ese estado cuando una mujer le atraía por el olfato, dado que rara vez alzaba la vista. Lo que él no lograba, era escribir. Tanta lectura de años, tanto dominio del idioma y sin embargo, la musa parecía no aparecérsele ni aunque se bajara la botella de escocés que tenía en el bargueño. No había manera de que lograra pasar de los tres renglones, con suerte, y tampoco sabía contarles algo a los demás, aunque fuese una anécdota del colectivo, de la calle, del cine, y ni siquiera l...

Allegra

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Quien no encaja en el mundo, está cerca de encontrarse a sí mismo.                  Hermann Hesse  Allegra, contrariamente a los anhelos de la mayoría de la gente de hoy, no quiere ser famosa, ni estar en la mira. Siente un placer casi erótico en el anonimato, en la paz de su casa y en la cotidianidad del parque en donde lee y toma sol. Su deseo es pasar tan inadvertida, que la gente no pueda siquiera recordar su rostro y mucho menos, su voz.  Es raro que una mujer bella y culta se esconda, más en estos tiempos tan exhibicionistas, y más en una ciudad como Buenos Aires en donde todo es posible; pero lo común no es lo único que ocurre en esta vida, también existen personas singulares como Allegra que se esconden del mundo porque no sienten que pertenezcan del todo a él.  Me gusta que alguien que no tendría por qué ocultarse, lo haga. Vive una suerte de arresto domiciliario voluntario y con beneficios. All...

Luisa

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Luisa logró un asiento en el sesenta y dio gracias al cielo. Era muy raro que a la altura en donde ella subía, alguien se levantara y se bajara. Por suerte, ese día; mejor dicho, esa tarde, el hecho extraño sucedió y ella se adueñó de un asiento en buen estado y con formita tentadora, en donde apoyar sus nalgas sería algo así como meterse a un jacuzzi lleno de espuma de almendra, coco y miel. Con esa disposición hacia el placer, Luisa se sentaría de a poquito para poder disfrutar de la situación como si se tratara de un chocolate delicioso pero muy pequeño, al que uno quiere saborear y no tragárselo de una. Primero, se inclinó sobre el asiento para mirarlo de cerca y ver con cierto placer morboso que éste estaba realmente vacío y todavía con la forma hendida que había dejado el soberano culo de la mujer que se había bajado. Qué maravilla… ¿Para qué querría esa tipa dejar algo así? ¿Cómo se le ocurrió bajar siendo que estaba sentada en el 60? Luisa pensó que sólo una loca podrí...

Rossana después

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La energía estaba a punto de desbordar dentro del cuerpo de Marcos. Sintió que era capaz de amarla tan intensamente que de quererla, podría matarla, y de odiarla, podría reventarla contra la pared sin ninguna piedad;  penetrarla con ternura, y también violarla, no teniendo claro en qué orden lo haría. Él era así, contradictorio y ambiguo como toda persona demasiado inteligente; había en él algo de pathos, de personaje de ópera de Berg, de Britten o del infierno mezclado con paraíso en el que él vivía. Ese día se dio cuenta de que si ella muriera, no existiría más el problema. Era más fácil matarla que amarla. Pero Rossana no quería morir todavía, y eso él lo sabía. Él intuía que ella hacía lo que podía para estar contenta y disfrutar de lo que era posible, y que sus errores eran más handicaps de su personalidad que maldades hechas ex profeso. Entonces, Marcos Hyde se desvanecía  y se convertía de inmediato en Marcos Jekyll y hasta parecía más lindo. - Hoy no la voy ...

Eleuteria

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Eleuteria Yakamoto Leguizamón era hija de una campesina entrerriana y de un japonés que yendo a Chile, se bajó en Ezeiza por equivocación. Hasta después de tres años, el nipón no se dio cuenta de su equívoco. Pero un día, una persona compasiva le dio la información correcta y el pobre Hiroshi Yakamoto Taylor (la madre era inglesa) se desmayó en plena calle Florida. En ese instante entendió por qué nadie había ido a esperarlo tres años antes al aeropuerto, por qué nada se parecía a lo que le habían dicho, y por qué ninguna persona decía tener un pololo o una polola. Ya era tarde para Hiroshi Yakamoto Taylor. Estaba encariñado con estas tierras, de manera que decidió quedarse en la Argentina e iniciar una nueva vida, esta vez sabiendo en qué país habitaba. Consiguió trabajo en una fábrica situada en Villa Lynch, en donde se hacían las versiones truchas de los tanques de gas para los coches. Un día, lo mandaron en un camioncito a Nogoyá, Gualeguay, Villaguay, Victoria y...