domingo 19 de febrero de 2012

Gabriella


Gabriella guarda un mechoncito de pelo de Stefan, dentro de un pequeño sobre de celofán, en su relicario. No lo lleva puesto cotidianamente, ni siempre lo mira o lo toca. Está en su estuche, guardado entre papel de seda prístino que conserva ese tesoro tan amado que ella no desea compartir con el mundo.
Cuando tiene que salir a la calle a acometer empresas difíciles, a luchar con el entorno, a hacerse entender, a transitar espacios que no le son amables, Gabriella toma el relicario de Stefan y se lo cuelga del cuello perfumado que no se ha dejado besar por otro desde que él se fue.
Pareciera que la fina pieza con el pelo de su Sansón dentro, le otorga a la portadora poderes especiales, una fuerza descomunal, un soplo de vida extra. Nada la detiene, porque algo de Stefan la acompaña; si no su presencia, al menos algo que él le regaló y que está en contacto con su piel, con la energía de su cuerpo.
Gabriella regresa a su casa, se quita delicadamente el collar, le da un beso que es ya un rito, lo guarda con sumo cuidado y se baña para quitarse la energía de la calle de encima. 
Una vez más, Stefan la ha cuidado desde algún lugar en donde se encuentra.




domingo 12 de febrero de 2012

Eunice


Odila teje, Naralia cose, Nicolasa borda y Eunice le arruina la vida a todas las previamente mencionadas. Ella se limita a aprovecharse del tejido de la primera, de la costura de la segunda, del bordado de la tercera y de los hombres de todas.
Con sus malas artes, consigue que el novio eterno de Odila le compre cositas a escondidas, que el amante de Naralia la lleve a los mejores restaurantes de Buenos Aires, que el marido de Nicolasa le pase una mensualidad nada desdeñable por acostarse con ella dos jueves al mes.

Odila teje al crochet, Naralia cose al bies, Nicolasa borda monogramas y Eunice sale a la calle a comprarse zapatos de diseñador, a almorzar comida gourmet, a comprarse perfumes importados, a señar una joya divina, a reírse de sus hermanas que quedan en la inmensa casa del barrio de Flores, ganándose la vida.

Odila teje una tira larga de lana gruesa color caca, Naralia cose un saco de lienzo, Nicolasa borda unas letras sobre el saco.
Llega Eunice cargada con sus bolsas de compradora compulsiva, con su rostro carente de ojeras, con su boca colagenada, su pelo con extensiones y su culo apretado en un jean blanco. Saluda al aire sin que le respondan.

De atrás, alguien la agarra del cuello mientras le gira una tira de lana pinchuda una y otra vez, acogotándola. No puede zafarse, alguien más le coloca un saco que anuda en el dorso. Sólo le alcanza la vista para ver un bordado que lleva dicha prenda burda: EUNICE, con hilo color carmín.
Ahí mismo se orina encima y no controla el esfínter echando las heces sin más por el terror. Tres mujeres la arrastran del pelo y de las tiras del chaleco de fuerza por la escalera áspera que conduce a la terraza, la encierran en un cuartucho lleno de porquerías y le propinan una paliza cargada de odio. La patean, la escupen, la dejan allí bañada en mierda y meo. Que pase la noche como las ratas, que se dé cuenta de que en casa, no es ella quien manda, que ya fue suficiente, que si se porta bien, podrá salir un día de éstos; si no, qué pena, se incendiará el cuartito de los bochinches porque las descuidadas propietarias no se han dado cuenta de que está el tacho de gasoil con el que el albañil lustró los ladrillos el año pasado. 

Es muy riesgoso tenerla ahí, el marido de Nicolasa podría escucharla chillar tras la mordaza; no importa, hay tiempo de sobra hasta que él llegue, y la desgraciada no va a cambiar, nadie cambia, nadie cambió nunca. Ya no hay vuelta atrás.

Odila cava, Naralia envuelve, Nicolasa entierra… Eunice se ahoga viva bajo dos metros de tierra…



sábado 28 de enero de 2012

Extraña



Ella es extraña y no extraña nunca a nadie. Es el ser más desapegado que conocí en mi vida, aunque sería mejor caracterizarla como indiferente, lo cual sí es grave, mientras que el desapego puede llegar a ser sano. Ahí radica su mayor rasgo de extrañeza, en la apatía hacia los demás seres vivos, sean personas, perros, gatos u otras formas de vida. 
Habita sola una casa grande poblada de grandes plantas que se cuidan solas por obra y gracia del espíritu santo, que no han visto una tijera de podar en su vida entera, que producen vida sin recibir nada a cambio por parte de ella, de la extraña.
Lo peor es que la extraña es bella, sana de cuerpo, aunque de la mente no estoy tan segura. A veces me pregunto si se hace la excéntrica para llamar la atención, para no ser una más de la masa, o si realmente hay algo que le baila en el cerebro a la hora de ver la vida y tomar algunas decisiones. Quizás vea y sienta todo a la inversa, y le sea natural ese ostracismo que logró ahuyentar hasta a su propia madre.
Al verla pasar por la puerta de mi casa, mi respiración se detiene unos segundos, y eso que no soy miedosa, pero siento una vibración extraña, tan extraña como la que pasa delante de mí como si no existiera, una sensación de cosquilleo tenebroso... como si en vez de una mujer cualquiera, fuera una muerta viva.

Nota: Ilustré el cuento con la foto de la casa natal de mi madre.

viernes 6 de enero de 2012

Croacia Kovacevic Malfitano


Hija de un simpático verdulero croata y de una patética cantante de tango argentina, Croacia comenzó a dar sus primeros pasitos en el patio sucio de su casa estilo chorizo en el barrio de Villa Urquiza, en donde la tanguera y el muchacho de la lechuga nunca se dignaban a baldear como Dios manda, porque buenos eran, pero le daban poco al agua y al jabón. Entonces, la nena terminaba la jornada de caminata y caída, con las piernas y los brazos negros de mugre… y ella reía porque sus padres eran buenos y cariñosos.

Croacia fue creciendo por fuera y por dentro, mientras sus padres empezaban a quedar relegados poquito a poco de su vida, no por desprecio de ella hacia ellos, sino por una falta total de intereses en común que fue provocando el distanciamiento. Mientras crecía, más parecía que Croacia pertenecía a otra familia. Empezó a observar a su padre, a escuchar lo que opinaba sobre las cosas, y se dio cuenta de que siempre había hablado de lo mismo: Los precios, la verdura, el motor del auto, el chapista, la comida, los precios, la verdura, la verdura y el mercado central, el chapista, la gomería, otra vez el motor de la camioneta, la comida… y los precios.
La madre siempre estaba fumando, cantando mal muchos tangos y hablando como si recitara, así como hacen algunos tangueros canyengues, con esa cadencia que le copiaron a Gardel. Y esta buena mujer, más allá de sus comidas pasables y de su cariño magnánimo, no hacía más que hablar de tango, del club del barrio en donde cantaba los sábados a la noche para los jubilados, más tango, más pintura de ojos, y nunca un tema en donde Croacia pudiera sentirse cómoda y parte.

Sin que ellos se enteraran, la hija tuvo una vida en paralelo, y no por afán de ocultar nada, sino porque vivía con dos muros y cada cual estaba en lo suyo, solían hablar al mismo tiempo, y no atinaban a preguntarle nada a la callada hija sobre sus preferencias, ideas, ideales, expectativas. Daban por sentado que la vida es así y no puede ser de otra manera. Todo fue hasta que un día, Croacia se fue y dejó una carta para el croata y la tanguera, en donde les comunicaba que se había ido a Croacia en donde había sido aceptada por sus calificaciones del colegio secundario, con una beca para estudiar la carrera de Derecho en la  Josip Juraj Strossmayer University of Osijek Faculty of Law, ni más ni menos.
Ambos padres se quedaron secos, petrificados, con la garganta anudada antes de largar el llanto. Cada cual a su manera, se había dado cuenta de que nunca habían escuchado a su hija cuando ella quería contarles cosas fuera de los precios, la pintura de ojos, la verdura, el tango, el mecánico, el motor del auto, Gardel, los jubilados, el club del…


martes 27 de diciembre de 2011

Adagia vive


Uno de esos tantos grises días pesados en la fábrica textil, Adagia cantaba para sus adentros algunas canciones que se sabía por la mitad. No sé tú, pero yo no dejo de pensar… ni un minuto me logro despojar… de tus besos, tus abrazos, de lo bien que la pasamos la otra vez… y como acompañamiento, indefectiblemente tenía el ruido de las máquinas calando en su cerebro, un ruido que trascendía el poder de los tapones de silicona en los oídos… trátratratratra, trátratratratra, trátratratratra, trátratratratra… No sé tú, pero yo quisiera repetir el cansancio que me hiciste sentir… trátratratra, trátratratra, trátratratra… ese ruido, ese ruido durante años que iba dejándola sorda y a veces hasta idiota, y la vibración permanente, alterando desde sus vértebras hasta el sistema nervioso, causando efectos extraños que otra gente no podría comprender a menos que caminara en los zapatos de Adagia durante algún tiempo.

Trátratratratra, trátratratratra, trátratratratra, trátratratratra… horas y horas; sólo queda el canto susurrado o pensado; hay que abstraerse y cantar, sólo queda eso para sentir en el cuerpo alguna melodía amable y no simplemente un ritmo enloquecedor, trátratratratra, trátratratratra… Con la noche que me diste... y el momento que con besos construiste… no sé tú, pero yo te he comenzado a extrañar…Y se cortó la luz en la fábrica, y con ella, se acallaron los ruidos, las vibraciones, también los cantos y susurros. De pronto, se sintió el calor real existente dentro de esas instalaciones con techo de tinglado que multiplicaba la temperatura del exterior. Empezaron a escucharse algunas voces. La única luz que dejaba vislumbrar algo era la de las partes claras del tinglado, ya que la fábrica no tenía ventanas al exterior.
Adagia se quedó inmóvil. En su cabeza resonaba todavía el trátratratratra, trátratratratra, trátratratratra… como si aún siguieran con las máquinas encendidas. Súbitamente, en medio de ese ambiente caldeado y con olor a tintes, aceite de máquina y transpiraciones, le vino a la mente la imagen del energúmeno que tenía viviendo en su casa, y se largó a llorar hasta que se le hincharon los ojos… trátratratra, trátratratra… en mi almohada no te dejo de pensar, con las gentes, mis amigos, en las calles, sin testigos…. No sé tú… trátratratra, trátratratra, trátratratra… esa semioscuridad, el acallamiento de las máquinas externas pero no de la interna, la conciencia del estar encerrada en una caja caliente soportando la vida más que viviéndola, le hizo ver la verdad sin filtros, sin anestesia. 
Adagia recordó a aquel matrimonio generoso, buena gente, los que querían verla maestra, al frente de un aula, alfabetizando, instruyendo, educando… qué pensarían de ella si supieran que a su alrededor sólo había un tumulto de gente que parecía una masa fétida y estupidizada por la ignorancia, la explotación y el encierro. Y en su casa, un vago sucio se rascaba las bolas y se quejaba de todo. Lo único bueno eran los chicos, sí, los chicos y los gatos. Ellos merecían otro destino. Sin cambiarse, salió corriendo Adagia a la calle y miró el cielo, lo contempló, vio de lo que se perdía cada día y lloró nuevamente, con tanta intensidad que tuvo que sentarse en el cordón de la vereda para no desmoronarse.

Ahí fue cuando supo, cuando decidió, mejor dicho, que si el choto que tenía en la casa no se iba por las buenas, habría que echarlo por las malas…

miércoles 7 de diciembre de 2011

Adagia Ramos



Desde las cuatro de la mañana en adelante, Adagia era un ir de acá para allá, primero dejando todos los desayunos de sus cinco hijos a medio preparar y las tazas dispuestas sobre el mantelito a cuadros limpísimo aunque viejito. Se preocupaba de dejarles siempre el almuerzo listo para ser recalentado al mediodía, y el café en el jarrito enlozado para su marido que no hacía otra cosa que estar acostado hasta las once y media para luego tirarse en el sofá destartalado a despotricar contra los noticieros, hablando solo, sin advertir vida a su alrededor, sin colaborar, simplemente ensuciando y emitiendo al mundo con su voz áspera, los improperios más desagradables que un idioma pueda tener, amén de algún eructo desproporcionado delante de los chicos, y sus acostumbradas flatulencias que sólo a él le hacían gracia.
 Antes de que toda esta deprimente escena empezara, horas antes de que la chatura fuera tomando su forma cotidiana, Adagia ordenaba todo, se ponía un pañuelo inmaculado en la cabeza para aplastar las motas, se ocupaba de llenar los tachitos de agua de los gatos y daba un vistazo general a su departamento algo estrecho situado en un monobloc venido a menos en un barrio del cual uno saldría huyendo, a menos que no tuviera más remedio que vivir allí.
Adagia Ramos había nacido trabajando. Ya a los tres años de edad, cosechaba en los campos a la par de sus padres y hermanos; luego a los doce, fue ubicada como empleada doméstica en casa de unas personas muy buenas que tuvieron el tino de mandarla a la escuela y darle las tareas más livianas, dejando lo pesado para las muchachas más grandes. Y si hubiera sido por ellos, por esos patrones, otro porvenir le habría esperado a la morena que Dios quiso poner en esa casa con algún propósito que ella misma desvió. Tenían planes para Adagia, la querían y pretendían que siguiera estudiando para ser maestra, lo que parecía ser su sueño. Pero no. A los dieciséis, ella se enamoró de un hombre vago, hablador, delirante, chupasangre. Lo conoció en la calle, la siguió diciéndole piropos y así, muy fácilmente llegó a ella. Es que él era medio rubión y de ojos claros, tenía lindo físico y un palabrerío que en ciertas muchachas sin experiencia, puede penetrar. Y penetró, claro que lo hizo. Y al poco tiempo, ya anduvo panzona la Adagia, esperando a su primer hijo, y el encandilamiento por el blanquito que le dio calce a la negrita, le cegó el entendimiento, al punto que ella cada mañana a las cuatro, se levantaba para ir a trabajar a una fábrica textil que estaba dejándola sorda y con asma, mientras la lacra dormía, discutía con la televisión y puteaba por tener que encender la hornalla para calentar el café.
Ella sentía que ése era el precio que debía pagar por estar casada con un blanco. 



viernes 4 de noviembre de 2011

Hasta el día en que me muera



Cuando me levanté esta mañana, ciertamente no me di cuenta de que él estaba mirándome con esos ojos, no con los amorosos y gentiles ojos que había conocido hace tiempo, sino con esa mirada fría y punzante que empezó a tener hacia mí una tarde en particular que preferiría olvidar. Así que cuando me levanté tarde hoy, casi a las once, sentí que algo valioso había cambiado, y no precisamente para mejor. Ya no tenía ese sentimiento fantástico dentro de mí; hasta mi cuerpo parecía pesar menos, no tener esa dulce sensación del toque del amante, el mágico soplo de vida, y mi mundo interior era como un cuenco vacío sin prospecto de ser rellenado. Quizás, estaba vacía y eso me hacía ver la vida como si ya estuviera muerta. Podía ver el afuera desde la distancia, aún cuando yo estaba allí, algo aterrorizante pero no al extremo de hacerme comenzar un ataque de pánico. No tenía hambre, ni sed, ni frío ni calor.
Con sus ojos sobre mí y por encima de mí, mi mente repetía “Hasta el día en que me muera, siempre estaré contigo; hasta el día en que me muera, te amaré.” Esas palabras entre lo maravilloso y lo oscuro habían sido siempre los basamentos de nuestro lazo emocional y físico: “Hasta el día en que me muera, hasta el día en que me muera”. ¿Por qué pronunciar palabras sobre la muerte cuando se celebra el amor?
Estoy segura de que él cambió la tarde en que conocí a ese tipo en el bosque cuando fui a correr. Él vio mi pecado. Había sido sólo un par de veces, sí, no estoy mintiendo, un destello de lujuria en el medio de nuestra hermosa rutina, nada de importancia, simplemente un olor diferente, otra piel, una locura temporal. Pero él me había visto y desde aquel momento, todo estaba condenado a cambiar.
Tan pronto como me levanté, sentí un soplo de aire sobre mi espalda. Caí al suelo, mi pecho contra el piso de madera, donde el olor a sangre me obligó a darme cuenta de que estaba sangrando rápidamente. Estaba mojada, a ese punto ya degustando sangre, respirando con dificultad, tratando de rezar. Levanté mis ojos hacia él en el momento en que dijo “Hasta el día en que muera, te amaré” y se disparó.
Él murió primero.




Link hacia la versión en idioma inglés: 


http://autoresargentinosenotrosidiomas.blogspot.com/2011/11/till-day-i-die-raquel-barbieri.html

domingo 2 de octubre de 2011

El amanecer de Chiara


Chiara tenía miedo de ir a dormir por las pesadillas que la acosaban sin tregua desde que tenía memoria. 
Cuando el irse a la cama era el placer de casi todos, para ella significaba meterse voluntariamente en una trampa mortal puesta por un cazador de mirada punzante y mentalidad fría. Así lo intentó todo, desde probar infusiones orientales de sabor sospechoso que a otra gente surtían efecto, hasta hacer ejercicios de control mental, yoga, y relajación y también dejar de cenar para no tener el estómago lleno a la hora de acostarse. 
Las pesadillas seguían su curso y parecían ser inmunes a cualquier tipo de modificación en las rutinas de Chiara. Era dormirse y caer en un pozo oscuro en donde los rostros perdían su lozanía para adquirir una tonalidad entre tiza y azufre y un hedor metálico. Allí estaban todas las situaciones que en la vida real no quería ver, las que negaba.
El problema la llevó a aislarse. No fue de inmediato, sino que sucedió paulatinamente. Como dormía mal, al otro día estaba idiotizada por el cansancio, y en parte, porque su mente no podía extirpar las visiones y sonidos desagradables que le arruinaban su vida onírica y trasladaban el tormento hacia la vida despierta. Con su mente casi ausente, no podía relacionarse bien con los demás y su trabajo iba decayendo en calidad, posteriormente también en cantidad. Y como Chiara fue alejándose y tomando una actitud torva hacia los otros, empezó a hablar consigo misma, dado que sus amigos fueron retirándose de a poco de su vida. 
Su novio, la dejó disimuladamente y ni siquiera vino a avisárselo en persona; se limitó al teléfono para no dar la cara. 
Y un día, cuando Chiara ya no esperaba nada más de la vida, salvo pesadillas espantosas y una soledad no elegida, despertó y se dio cuenta de que había dormido en paz, sin el fantasma del espanto rodeándola. Se dio cuenta que había un aroma a plantas y que su despertar era tranquilo y feliz, y que  unas ganas de empezar la jornada y ocuparse de su casa, sus plantas, sus perros y las compras la invadían. Estaba llena de energía. 


Y así volvió a pasar al día siguiente, y al otro, y así hasta el día en que se quedó plácidamente dormida para siempre, en la víspera de cumplir un siglo de edad.







lunes 29 de agosto de 2011

La Navidad de Ramira



Ramira llegó a odiar la Navidad porque cada vez que ésta se acercaba, la gente más hipócrita y menos sensible que conocía, se ponía tonta y sentimental cuando el resto del año podía maldecir al prójimo sin culpa.
De por sí bastante histérica, pasaba esa corta temporada de diciembre como si fuera un cuento de terror, esquivando a la gente que la rozaba con bolsas llenas de regalos y adornos para el arbolito. Y será que es cuando uno desea evitar algo, que ese algo lo sigue a uno indefectiblemente, que cada vez que Ramira encendía la televisión o iba a un centro de compras, se cruzaba con la roja imagen barbuda y panzona que emitía un siniestro ho ho ho.
De inmediato y por su natural y algo exacerbado sentido de la compasión, Ramira recordaba que el pobre hombre que hacía de Papá Noel pasaba un calor terrible debajo del disfraz, por unos pocos pesos durante largas horas. Eso hacía que no odiara tanto al personaje en sí, como  a sus seguidores y fomentadores de tal vicio mundano inductor a la compra compulsiva.
El fenómeno Papá Noel significaba para Ramira, que el niño pobre piense que el rico es mejor persona y que por eso recibe regalos más costosos. Entonces, tras que el pobre ya arranca desde el vamos con la desventaja de la escasez de casi todo, el rico le gana hasta con los regalos del barbudo, encaprichado en aparecer cada año. El niño rico también sale confundido de esta historia aberrante, tras abrir sus regalos y compararlos con los recibidos por otras criaturas con menos suerte material.  En ese momento de la revelación de los contenidos de la imaginaria o tangible bolsa roja, el niño rico que todavía cree en Papá Noel, tiene que pensar casi indefectiblemente que el pobre es pobre porque merece serlo y porque no ha hecho méritos para recibir regalos del desgraciado que no hace otra cosa que exclamar un patético HO HO HO que va sonando cada vez más insoportable.

Luego, Ramira sufre un alto impacto en su vida. Le da por leer, por investigar y no conformarse con lo aparente; así se entera de que Papá Noel es en realidad San Nicolás, y que tanto su origen como función se han desvirtuado con el tiempo, gracias a la gente que víctima de la sociedad de consumo, cae enferma tras tradiciones mal seguidas, arruinadas por la mersa que mezcla todo. Ahí, Ramira se siente confundida, culpable para con la Navidad, y ya no sabe más qué es lo que odia, si el símbolo, la gente o el punto de idiotez al que hemos llegado los humanos. 

Entonces investiga más y se avergüenza por haber maldecido ese nombre.

San Nicolás era un ser humano ejemplar. Habiendo muerto sus padres por la peste que azotaba Anatolia en el siglo IV después de haber ayudado a los pobres a curarse, tras haberlos alimentado uno por uno, Nicolás quedó solo y repartió sus bienes entre los necesitados y se hizo sacerdote. Fue uno de los santos más venerados en la Edad Media y su recuerdo despierta una sonrisa en quienes conocen sobre su vida.
Con lágrimas en los ojos, Ramira se sonroja hoy en día cuando recuerda aquella bronca mal nacida, y piensa en qué triste es que de un santo hayan hecho un fetiche barato, un ícono del consumismo. Ella se da cuenta de que lo que en verdad le molesta es la ignorancia y que a tan pocos interese el verdadero espíritu de las cosas. 
Ahora el problema ya no es Papá Noel, San Nicolás de Bari, Colacho o Santa Claus, sino la gente que es berreta de alma, que no sabe diferenciar lo bajo de lo sublime ni lo bueno de lo malo.




domingo 14 de agosto de 2011

Zoila


Zoila se levanta a las cinco, entra al baño y parada sobre una palangana enlozada, 
se hace sus abluciones matutinas con una toallita áspera empapada en agua tibia tirando a calentita, previo enjabonamiento cuidadoso y metódico de su cuerpo entero, como en un ritual.  A su lado tiene dos jarras de agua para enjuagarse y una toalla blanca prístina. Así, la sirvienta se dispone a comenzar su día estando limpia y lozana; son para esto las cinco y media, y a esa hora ya está vestida con su uniforme azul lavanda, delantal gris y zapatillas blancas inmaculadas. Se ha peinado con un rodete prolijo y tirante que oculta su hermosa cabellera rojiza que ya deja ver alguna cana o dos, quizás tres pero no más. De su piel y su pelo irradia el aroma a limpio del jabón de lavanda. Ella tiene el olor de la ropa recién planchada y parece recortada de un catálogo.

Zoila cumple. Habla y come poco, lee, no roba, ni piensa siquiera en tomar lo ajeno. Sólo vive para cumplir con su destino de empleada doméstica y sí sueña que es diseñadora de ropa y que las modelos más finas llevan su obra puesta, mientras en algún desfile distinguido, se la menciona y no al pasar, como una diosa de la alta costura: Zoila Leguizamón, nada de prêt-à-porter, no, por favor; la señora dijo que eso es cosa de gente cache sin clase, entonces Zoila diseñará vestidos, faldas, blusas y tapados únicos, a pedido, obras de arte… aunque si además tuviera una sección de prêt-à-porter, su público aumentaría y ella podría vestir con gusto a las clases menos pudientes. 


Zoila se levanta todas las santas mañanas a las cinco en punto, y todavía tiene ganas de soñar con un futuro incierto en donde existe una casa de modas que lleva su nombre. Ella sabe que tal vez no lo logre, pero el mero hecho de pensar que es posible, la obliga a dibujar, a pensar y a leer, a tener sus dibujos guardados en el roperito de su cuarto, envueltos en papel de seda azul para que no se pongan amarillentos con el correr de los años. Esto es lo que hace que Zoila tenga ganas de levantarse cada mañana y sus ganas de vivir aumenten.

Mi mamá me mima, mi mamá me ama, el bebé duerme en la cuna, Odila amasa, Isolda alisa, ese oso me mira, mis amigos me dan la mano, el osito come miel y Zoila lava, friega, cose, pule, encera, cocina, plancha, ordena, seca, sueña despierta y se levanta temprano...


lunes 1 de agosto de 2011

Casta Diva



A la pobre, no tuvieron mejor idea que llamarla como el aria de la ópera Norma. No podían ponerle un nombre relativamente normal, una palabra fácilmente digerible que no la dejara como una loca en medio del resto… no, tenía que ser Casta Diva Furlanetto Davis, Furlanetto por parte de padre y Davis por la madre, no va a ser por la Copa. En fin, la pobre Casta Diva salió de la Maternidad Sueco-Argentina con el nombre acoplado para siempre, los lóbulos perforados, aritos de perla y la bochita pelada. Digamos que salió procesada y producida para llegar a una reunión de bienvenida en su casa de la calle Pedro Morán, en el barrio de Villa Devoto, lugar en donde sucede de todo.

Los abuelos se la pasaban como a la bandeja de las empanadas, los tíos y amigos le hablaban haciendo voces, y lo que todos ignoraban es que Casta Diva comprendía todo, todo en absoluto. 
Ella pensó en su tercer día de vida, que así sería bastante insoportable vivir con toda esa gente levantándola cada dos por tres para hamacarla y decirle cosas como peroquécositapreciosadelatía chuchuchu mamamamaaaaaa bubibubibuuuu lanenadelaabuelitaquerida elcorazoncitopreciosodepapito papitoooo… mientras Casta Diva sólo pensaba en tomar la teta y dormir, hasta tanto se le ocurriera alguna estrategia para que no le hablaran tanto y no la agarraran todos como si fuera un paquete. 
En cuanto estaba cómoda, venía una comedida y decía: ¿La puedo alzar? Sí, querida, alzala que le encanta… Noooo--pensaba la nena--no me gusta el aliento de esa vieja… pero no sabía hablar todavía y tuvo que respirar las emanaciones de la despiadada de las encías con piorrea. Pobre Casta Diva, nacer tan inteligente, desde el vamos ser tan despierta como para entender lo que se hablaba, y no poder usarlo a su favor. Ya empezamos mal… no es así la vida, un bebé tiene que descubrir el mundo de a poco para no asustarse y volver al útero materno.

Cuando creció, Casta Diva decidió odiar la ópera y a todo cantante que emitiera un sonido lírico o semi-lírico. De sólo imaginar a sus padres haciendo el amor mientras escuchaban Norma, le daba impresión y no podía alejar la imagen de su mente, además de que gracias al aria, le habían puesto ese nombre sin salvación, para evocar siempre aquel orgasmo magnánimo al que sus padres habían llegado juntos. Qué asquerosidad, padres que se atreven a tener orgasmos y encima, escuchan ópera para tener sexo... degenerados... 



lunes 25 de julio de 2011

Mimì cantante



Mimì tenía la suerte de poseer una voz privilegiada, de gran caudal, timbre bello y agilidad para pasar de una nota grave a una aguda sin cambiar el color, y viceversa. Esa voz preciosa y aterciopelada, combinada con una técnica vocal bien resuelta, había hecho que Lucía Della Valle fuera una mujer muy atractiva, amén de que lo era aún estando callada. Así cruzó caminos con el innombrable, un tenor con el que compartió varias producciones en el Colón, La Plata y Montevideo. Él la persiguió diciéndole que nunca había sentido por ninguna fémina lo que por ella,  que por fin conocía el amor, bla bla bla, y empezó a acosarla por teléfono, en persona y telepáticamente. Se le aparecía en todas partes y le escribía cosas todo el día, la llamaba diez veces al teléfono de su casa y dejaba mensajes babosos en el contestador, además de incluir algún mensaje cantado, lo cual es ya bastante deprimente, al menos para gente como yo y como era ella antes de sucumbir ante este sátrapa.

Todavía no entiendo por qué a ella no la espantó que el innombrable fuera tan pesado e insistente. Pensé que una mujer bonita e inteligente no sería capaz de fijarse en un hombre que por más que cantara mejor que la mayoría--lo cual no es poco decir--y que además fuera bastante agraciado físicamente y de una cultura relativamente interesante, tuviera ese comportamiento digno de un pobre tipo, de un inseguro que busca reafirmarse a cada instante; y eso que a ella no le gustaban los babosos, pero se ve que éste, el choto, la agarró en un momento de blandura, de soledad extrema, de estudio de La Bohème. Y justo les tocó coprotagonizar a Rodolfo y Mimì en una producción divina ambientada en época, en estilo puramente naturalista. La madera del piso de la buhardilla emanaba un aroma que invitaba a quedarse, y la indumentaria era soñada, como salida de una estampa o de una postal del siglo diecinueve. Entonces, Lucìa Della Valle miró al innombrable vestidito y peinado como Rodolfo, bajo las luces azuladas del Teatro Colón, en medio de la instrumentación de Puccini… y se dejó llevar muy lejos, tan lejos, que no supo en qué momento exacto perdió la cordura para salir a perseguir al choto por las calles, por ensayos, por teléfono y vía Internet. Ella se volvió la acosadora que tiempo antes hubiera desdeñado y condenado sin piedad a la internación en un hospital neuropsiquiátrico. Ella, que era tan coherente, tan correcta, se había dejado seducir por un inescrupuloso que salía con cuanta mujer se le cruzaba por el camino y no siempre del nivel de ella, qué va. El innombrable jugaba con las mujeres, pero decía no darse cuenta. Él se enamoraba a lo bestia, pero el amor le duraba sólo hasta que le correspondían; ya después, tenía que buscar a otra que al principio se le negara, alguna a quien acosar y tomar como presa. Una vez que se sacaba el gusto, se aburría y así transcurría su vida miserable de pobre tipo inmaduro.

Cuando Lucía perdió a su hijita, le brotó un odio desconocido desde sus tripas y ese odio se dirigió todo al innombrable, quien alardeaba de sus nuevos amores sin después recordar la mayoría de los nombres de las idiotas con las que se metía. Entonces, la soprano lo llamó para hablar, lo citó en su casa y cuando él estaba distraído escuchando música, ella le pegó en la cabeza con un bate de béisbol, él cayó al suelo y ella le pisó la cara con fuerza hasta que sonaron huesos quebrados, quizás la nariz. Luego lo desvistió y cortó el pene erecto del desgraciado, lo guardó en una bolsita Ziploc y lo metió en el freezer para decidir después a quién se lo enviaría como regalo. 

El infame seguía vivo, pero murió quince minutos después de la mutilación. Imagino que no querrán saber los detalles que siguieron…


domingo 17 de julio de 2011

Mimì antes



Lucía Della Valle, alias Mimì como la de la ópera, antes de su cadena perpetua sin derecho a libertad condicional a la que fuera condenada por un crimen que sí cometió y del cual nunca se arrepintió, era una mujer fina, bastante narcisista, debido en parte a su profesión de cantante lírica, aunque generosa y compasiva con aquéllos a los que ella creía merecedores de tales virtudes. 

Su amor era total, así como su odio; en ella, las medias tintas no tenían cabida. Su fineza le era tan propia que nunca la abandonó, ni aún en los ratos más oscuros de la cárcel maloliente y llena de minas gritonas, de una asquerosa ordinariez, animalitos de Dios, o animalitos a secas, porque los animales son divinos y estas mujeres son como para echarles insecticida, pesticida, o para ponerles cicuta o cianuro en la colación de la mañana. No, no hay que perder la esencia, no hay que caer en la obscenidad, en la vulgaridad; más vale tengo que ser yo quien influya sobre el resto, y no el resto sobre mí con sus puteadas, guarangadas, cumbias villeras y hablar de camionero guaso Quéhacémamáveníquetelapongo. Qué se creen estas tilingas, yo también sé decir conchuda, pero elijo no decirlo, no es que no sea capaz de hacerlo.

La generosidad y compasión de Mimì tampoco se desvanecieron en prisión, sino que se enfocaron en aquellas compañeras que la cantante consideró aptas y merecedoras. Tomó bajo su ala a tres mujeres que luego fueron siete, que demostraban inseguridad, miedo, asco y todas las sensaciones que tras las rejas se vuelven en contra de una. Mimì fue su maestra, su mentora, madre, tutora y encargada; les enseñó práctica escénica en el patio a la hora del recreo, pero de forma enmascarada, para que las bestias no se las comieran crudas, para no levantar la perdiz, para que no supieran que todo respondía a un plan de supervivencia de las más aptas. ´
¿Cómo hace una mujer fuerte para hacer de débil y cómo hace una insegura para hacer de fuerte? Actuando.

Los años de teatro le habían servido a Lucìa Della Valle, alias Mimì. Además, como todo artista, poseía una vida interior que nadie podría arrebatarle, ya que es inevitable, menos aún a ella que no sentía dolor físico y que el dolor emocional ya había sido tanto, que todo le parecía idiota y trivial al lado de lo que ella había experimentado hasta sentir que era vomitada del mundo. Ya había deseado su propia muerte cincuenta veces, ya había cometido diez mil errores, había recibido la peor paga del amor de su vida y su hijita había muerto antes de nacer, en el sexto mes de embarazo por culpa de un degenerado que la empujó en la calle para robarle. 
Le habían roto el corazón y la inocencia, la trataron como a un trapo sucio cuando ella era un pañuelo de seda impecable. Su pecho y su vientre estaban secos de tanta tristeza y frustración, por lo cual esto, lo de estar presa y comiendo sopa de mierda y puré de culo, era moco de pavo. Ya no le importaba nada de la comida, salvo engullir la necesaria para estar viva y ver qué le deparaba el destino una vez más.

Después de haber matado, todo cobraba un nuevo sentido…

lunes 4 de julio de 2011

Mimì




Sì, mi chiamano Mimì... ma il mio nome è Lucìa... cantaba mientras hacía un leve espumaraje con un pedacito de jabón blanco, y daba algo de dignidad a sus dos bombachas, un corpiño de algodón blanco y unas medias de abrigo, todo en el lavabo ínfimo de su celda que por suerte, tenía ese artefacto cuyo suministro de agua era algo escaso y sólo a determinadas horas.

Ella, que se llamaba Lucía, se hacía decir Mimì por la de la ópera La bohème. Sus compañeras de cárcel no sabían ni qué era la ópera, pero el Mimì de Lucía les pareció bien para nombrar a quien respetaban, pese a la pequeñez de su contextura y a la parquedad de su carácter. Ya sé, o mejor dicho, presumo, por qué cada vez que las reclusas armaban una trifulca o decidían golpear a alguna, nunca elegían a Mimì como objetivo; es que ella no le tenía miedo a nada y cuando uno no teme, el otro lo olfatea, así mismo como se puede oler el miedo ajeno. Atacar a Mimì verbal o físicamente habría sido como arrojar arvejas contra la pared; a ella le resbalaría por completo. Por un lado, naturalmente era indiferente a los sentimientos de los imbéciles; por otro lado, y aunque nadie lo supiera en la prisión, ya que de ser así, habrían hecho algún experimento con ella, Mimì tenía un umbral de dolor inexistente. Era incapaz de sentir dolor físico, y guardó su secreto para ser la más fuerte en la catedral tumbera para evitar que quisieran prenderla fuego y no darse cuenta, sino hasta que su carne irradiara el sonido chirriante de la fritura y el hedor pringoso de chicharrón humano.

Por no tener miedo era que las moles que cohabitaban el lugar poco amigable, no se metían con la Finoli, como la llamaban a sus espaldas. Hasta llegaban a sentir pánico al pasar Mimì delante de ellas. La seguridad con la que caminaba y cómo les sostenía la mirada mientras canturreaba algunas arias de ópera, hacía detener cualquier intención aviesa que hubiera empezado a nacer en las reas, quienes sabían además, la razón por la cual ella tenía cadena perpetua sin derecho a libertad condicional…