Esta metamorfosis, desde una humilde larva hacia una diáfana y colorida mariposa, ha sido el disparador de la imaginación de los antiguos griegos, para quienes este fenómeno completaba la síntesis del destino humano y la transición de la pre-vida hacia la post-vida.

Tan fuertemente se sintieron identificados los griegos con este concepto, que comenzaron a usar una sola palabra que describiera tanto a la mariposa como al alma:Psyché...

martes 3 de noviembre de 2009

Basílica

Basílica nunca supo si el nombre que la lleva puesta procedió de un edificio eclesiástico o de algún amor desmesurado de sus padres por la albahaca. De todos modos, ella ni siquiera se ha hecho tales cuestionamientos porque su mente responde a mandatos tribales más que a conjeturas. Las conjeturas, en tal caso, las he hecho yo al conocer su nombre entre culinario y celestial, danzante entre ojivas góticas y hojas verdes mezcladitas con tomates cherry y queso mozzarella de buena calidad, todo esto con un toque de aceite de oliva y sal a gusto.
Basílica es Basi para sus patrones, para los hijos de sus patrones y para cualquier ser humano que no comprenda el alcance de llamarse nada más y nada menos que Basílica, con la inmensidad y la fuerza de la naturaleza que dicho nombre acarrea. Digo su nombre y no sé si oler incienso en la bella basílica de Santos Lugares o tentarme con una ensalada Caprese, que se escribe con una sola ese y no con dos.
Basi limpia, es limpia, cuida, viene de lejos y sobrevive con dignidad en una ciudad feroz.
Basílica tiene limpia el alma, inundada con recuerdos de su Paraguay de naranjos llenos de azahares y chamamés bailados con los mozos de su pueblo. Basi es una empleada apreciada, pero Basílica es mucho más... es parte de la tierra y es también un templo...


Nota: Gracias a mi amiga Giselle, quien me proporcionó el nombre de Basílica.

domingo 25 de octubre de 2009

Jimena

Jimena tiene un nombre formidable, generoso, femenino, lleno de gracia. Es nombre de mujer feliz y no demasiado complicada en los niveles de complicación en que otras nos hallamos inmersas fuera de nuestra voluntad. Así avanza ella con su nombre de turrón y confituras finas, Doña Jimena, manjar de las bocas más pretensiosas.
En una de sus andanzas, ella se cruza con David y ambos se enamoran perdidamente y sin remedio, pero ella está "casada con" o fue "cazada por" Iván, un hombre amable, lejano a la maldad y también distante de la pasión encendida.
Jimena se ve reflejada en los ojos de David y comprende todo en un instante: Existe el alma gemela, y ahí está, frente a ella, frente a su blusa vaporosa que no permite disimular los latidos de ese corazón lleno de emoción. David le sonríe; ha visto por un movimiento de la mano de ella, el anillo de matrimonio y sabe que a menos que el mundo vuelva a ser creado, estas historias de caminos bifurcados, se repetirán eternamente o al menos, si no eternamente, mientras el planeta aguante y queden mínimamente más de dos seres humanos en él.
Jimena, con su nombre de turrones acaramelados y sus ojos de miel, acaricia el rostro perfecto de David, aunque no con sus dedos temblorosos sino con el pensamiento. Otro tanto hace él y quedan cautivados por minutos que parecen haberse salido del reloj.
Él piensa con intensidad y ella interpreta el mensaje. Se besan largamente hasta perder noción absoluta de todo, y en algún punto de ese beso mágico, se produce el hechizo que hará que todo vuelva a ser más fácil para ella hasta que se le cruzó David: Él quedará convertido en estatua marmórea, y así Jimena podrá verlo, admirarlo, escribirle poemas, dedicarle canciones, poner una flor en su pedestal... y hasta tocarlo, sin sentirse pecadora...




jueves 15 de octubre de 2009

Monna Lisa

Cuando era demasiado joven para saber ciertas verdades universales archiconocidas, pensaba que ella era el logotipo del dulce de batata que mis padres y abuelos compraban para el postre. La hermosa lata redonda contenedora del premio para después de la cena, me hizo identificar a esta dama de sonrisa esbozada con el almíbar que bañaba ese dulce delicioso, que como todo, con los años fue cambiando.
Para la nena de cinco o seis años que yo fui, La Gioconda era la señora que fundó la fábrica de dulces y ni se me ocurrió preguntarle a nadie si tal hipótesis era correcta, así que con mi teoría marché al colegio y escribí con total disposición, una redacción acerca de la vida de una viuda rica que se dedicó a fabricar dulce de membrillo, de batata, batata con chocolate y batata con guindas para no pensar en el marido muerto. Esa tarde o la siguiente, mi padre reveló el secreto y no me gustó que la de mi lata fuera una impostora.

Muchos años después, cursando la materia Historia del Arte y analizando precisamente esa mañana la genial obra de Leonardo, me pasó algo extraño e intenso cuando vi la imagen ampliada al cuatrocientos por ciento. Ver el rostro en grande, para poder ser analizado en cada detalle, me dejó perpleja; vi una mirada triste que antes me parecía de altivez. Entonces, la sentí un poco mía, aquella dueña viuda de una fábrica de dulces, compañera de mis postres, amiga callada, la señora de la latita redonda anhelada, la verdadera.
Durante la clase, la doctora en arte que dictaba el curso, dijo que contrariamente a ciertas hipótesis acerca de que la Monna Lisa sería Leonardo travestido, ya que muchos aseveran que es el mismo rostro de Santa Ana y se dice que Santa Ana era él mismo como solía andar por la vida, lo cual no sé qué relevancia puede tener ante semejante belleza... ella, la profesora que estudió en Bologna, nada menos, dijo que la Madonna Elisa Gherardini era la viuda de un banquero llamado Bartolomeo del Giocondo. La mujer de la sonrisa figurada sufría durante la realización de la obra de arte, la reciente muerte de su hijo. Se encontraba de doble luto por el figlio y por el esposo, y aparentemente endeudada por malos consejos de su entorno, convocada por Leonardo para posar para la eternidad redentora, al verla él caminar con la mirada ausente. Y por eso no porta joyas en el retrato, por el duelo, a la usanza de la Italia del Renacimiento, mi época amada, en donde las artes florecieron por doquier hasta conseguir que una niña (medio extravagante, para qué negarlo) de Buenos Aires pensara que esta mujer era la que fabricaba el dulce que ella comía.



lunes 5 de octubre de 2009

Arnalta

Cuando conocí a Arnalta, reparé en que tenía un aroma distinto. Irradiaba siempre su fragancia perfecta, aún si hacía horas que se encontraba trabajando o caminando a la intemperie, sometida a vientos y soles rotundos. Y eso me atrapó de su persona porque la sentí supraterrenal, atemporal, mezcla de carne y espíritu.
Querida Arnalta, me hice tu amiga y me llevaste a pastar contigo; me diste de beber cuando tuve sed y de comer cuando me faltó el pan... ¿Cómo podría retribuírtelo? Tú me has dicho que simplemente siendo quien soy, sin tapujos ni ambages. ¿Tan fácil es, querida amiga? ¿Con tan poco puedo ser yo acreedora de tu amistad tan valiosa para mí? Sí--me respondes--ven conmigo Rebeca. Yo te llevaré hacia otros soles, a otras tierras que te preservarán de las tristezas que te embargan el alma y van quitándote de a poco la energía vital.
Sí, Arnalta, mi amiga, te seguiré... porque no puedo continuar este martirio. Sólo condúceme y cerraré mis ojos para no memorizar el camino; no sea cosa que algún día me arrepienta y vuelva.
¿Vuelvas a dónde, Rebeca?
Al lugar en donde me han herido.


domingo 27 de septiembre de 2009

Elsa

Elsa es mala y no es rubia, pero ella piensa que las empleadas rubias valen más que las morenas. Qué poco se ha de querer Elsa a sí misma, si ella no fue blonda ni en esta vida ni en la anterior; lo que sí ha sido es una hiena que involucionó en jueza.
Ay, Elsa... con rostro de enajenada dictaminás los destinos de gente más lúcida que vos y sos capaz de amargarle el día a unas cuantas personas, solamente dejando que la mugre de tu alma recaiga verbalmente sobre unas chicas que nada tienen que ver con tus bajezas.
No sos la Elsa de Lohengrin, la bella y dulce que espera al cisne para embarcar junto a su amado, ni te rodea una música excelsa: Sos un nido de mentiras y estás ocupando un sitio que te queda demasiado grande. No, definitivamente, no sos esa Elsa y me cuesta identificar tu nombre con la mujer amarga y llena de odio que ofendió usando un arma vil: La segregación.
Cuando te escuché por la radio tan indignada ante la carencia de rubias en ese sitio, creí que mínimamente eras amarilla como un sol, dorada como el oro.
Qué desencanto... no sos rubia, ni bella, ni buena, ni sincera, ni cuerda.

¿Seguirás siendo jueza... o te meterán presa y vivirás tras las rejas?



sábado 19 de septiembre de 2009

Simonetta

Simonetta entre la espada y la pared, entre el sí y el no, prefiriendo el no al sí; entre dejar que su padre muera en el dolor físico o aceptar la lascivia de Erik, evitando así el quejumbroso acontecer de quien la cuidara como padre y madre a la vez.
Porque la vida se trata de negociar, parece ser, porque los cuentos de hadas tejidos en la imaginación de Simonetta, la dulce y tosca muchacha condenada a elegir entre dos opciones desagradables... esos cuentos de hadas parecen haber sido escritos para otras y no para ella.
Erik, el hábil observador de la necesidad ajena, el prestamista despiadado, el carnicero de sueños de Simonettas cargadas de esperanzas que no llegan a completarse en una realidad concreta.
Y sí, entre ver al padre emitiendo esos sonidos taladrantes que la hacen sentir culpable por ser joven y sana... y tener que soportar el aliento del asqueroso sobre su cuerpo, es preferible tolerar al cerdo prestamista y que un padre, su padre tenga los remedios que detendrán o al menos mermarán la tortura. La otra opción sería matar al padre por compasión y evitarle más martirio. No es viable, al menos no para ella. Mandar a dormir desdeñando los designios del Altísimo al pobre desgraciado que se deslomó por darle algo, no, eso no es ni posible de imaginar, aunque ella lo imagina y no puede evitarlo. Está bien, firmaré, pero deje de mirarme así, por favor... al menos no me mire de ese modo tan obceno... quiero gritar, salir corriendo, morir, y no me está permitido todavía.


nota: cuento inspirado en el cuadro La propuesta, de Judit Leyster.

domingo 6 de septiembre de 2009

Generosa

Generosa se despertó con náusea. Había estado soñando que por la fuerza le metían torta de chocolate en la boca, entrándole algunas partículas en la nariz sin darle tiempo a la deglución, por lo que la desesperaba la incapacidad para respirar, teniendo esa mano fuerte de hombre sujetándole el cuello mientras otra mano áspera de una mujer ingresaba la masa (en otro momento deseada) en sus fauces que no daban abasto. De algún modo, conociendo la técnica, le apretaban un punto al costado de la cara que producía la apertura de las mandíbulas... todas esas sensaciones aún persistían vivamente, sobre todo la opresión del hombre y la aspereza de los dedos toscos de una joven bonita, belleza que no condecía con la actitud y mirada sádica, anhelante del ahogo de Generosa.

Quedó tan agotada del sueño, tan fatigada al despertar con la sensación de que alguien oprimía su tráquea, de haber comido abusivamente lo que en realidad ni había tocado, que decidió encender la televisión para cambiar su estado emocional ahora bastante alterado. La náusea comenzaba a mermar. Bebió agua. Todas películas ya vistas, más de lo mismo, nada especial de su gusto. Seguiría buscando.

Generosa se puso tres almohadas sigilosamente; no quería que su marido despertara por sus movimientos ni por el volumen del aparato. A fin de cuentas, Pablo no tenía por qué pagar el sueño alterado de su esposa que poseía tanta vida onírica como en la vigilia. Él no soñaba; quizás no necesitaba hacerlo, o quizás sí pero estaba demasiado cansado como para eso, en cambio ella era un sueño con piernas. Probablemente él fuera distinto de ella hasta en eso, y ésa era la razón misma del quererse tanto: el misterio que uno resultaba para el otro.

El volumen de la película era apenas audible y Generosa no deseaba traer a Pablo a su mundo en este momento tan íntimo después de la pesadilla. Apoyó su columna, luego la cabeza cómodamente, tomó su libro de poemas de József Attila y se sumergió en él, dejando el sonido de la televisión como fondo, más por distracción que adrede.
Las hojas amarillentas iban pasando, hasta que en un momento dado, se apagó la televisión sola, Pablo hizo un movimiento y emitió una especie de ronquido, luego se escuchó un ruido que venía de afuera, un susurro, una línea de aire que ingresaba en la habitación, y Generosa supo que alguien más que ellos dos y su perra, estaba allí.
Dejó el libro de poemas sobre la cama y se dirigió hacia el comedor. La perra no aparecía, Pablo no despertaba y la extrañeza seguía presente.
Generosa salió al patio, subió a la terraza y una mano de hombre a quien por segunda vez no le vio el rostro aunque sí reconoció los vellos del brazo, la tomó del cuello, mientras una joven que ella conocía muy bien, le introducía torta de chocolate hasta ahogarla.


sábado 29 de agosto de 2009

Rossana

Rossana levantaba su pelo ensortijado, se colocaba una hebilla mecánicamente, señal de estoyenmicasaynecesitoponermecómoda, y se disponía a planchar una pila descomunal de ropa tras habérsele frustrado un paseo anhelado, aunque no fuese la culpa de nadie más que del destino que prefirió dejarla una vez más acicalada, para terminar haciendo las compras en el supermercado. Fue entonces el turno de las compras y de la plancha; contra la suerte no se puede, no hay caso. Cuando el pobre se divierte, blablabla... dice el refrán... blabla... si pusiera un circo, me crecerían los enanos, blablabla, pensaba Rossana pasando la plancha al compás de la música y absorbiendo el aroma delicioso del calor mezclado con el enjuague para la ropa... un aroma de fresias y jazmines, sutil, fragancia a limpieza, a relax. Roció con un poco de esencia de bambú antes de guardar su columna policromática de ropa de cama, toallas, camisetas, camisones y medias. Se oía de fondo la música elegida, en este caso Philip Glass, The hours; se cambió los pantalones por unos shorts veraniegos, le puso agua fresca al perro y agradeció no sentir dolor físico. Digo que se oía la música y no que se escuchaba, porque Rossana tenía la mente ya en otro sitio, en un lugar soñado.
El día estaba lindo, la temperatura agradable para sus plantas, para su termostato personal y para dejar la pequeña casa abierta de par en par a los efectos de ventilarla, quizás, con la esperanza de salir volando como Dorothy de Kansas en la casita del Mago de Oz, aún con tornado y todo.
Rossana usaba las uñas largas, raro en un ama de casa; poco habitual es que le duraran así de incólumes con tanto ajetreo, pero en ella, en su vida, no se daba jamás lo más convencional, aunque simplemente se tratara de uñas. Así como el pelo, éstas le crecían como las alubias maravillosas del cuento de Periquillo, y ella cortaba aquí y allá cuando le venía en gana, jugando con las formas como realizando una escultura, al igual que hacía con sus plantas.
Una vez más, pensó en ese hotel en las afueras de Budapest y sonrió, y su mirada se llenó de luz, juntamente con su alma.


sábado 15 de agosto de 2009

Ornella

Muerta de sed, se encontró abrigada de más y caminando por una calle sucia cuyas veredas pringosas la obligaban a deslizarse con cuidado para no resbalarse y caer, haciendo de sus circunstancias, algo peor.
¿Qué barrio era? Alguno, pero alguno bien desconocido.
¿Por qué estaba allí? Recordaba haber discutido con alguien minutos antes, algo acerca de canto, nada personal. La casa en la que previamente había permanecido para sostener dicha charla tan poco amable, estaba pintada (por dentro) de un verde chillón contrastante con el gusto de Ornella. Mientras sentada a la mesa llena de trapos y migas que otros habían dejado, ella miraba esos muros, tenía ganas de salir corriendo.
Evidentemente salió corriendo por unas escaleras angostas de madera semi podrida que cada tres o cuatro peldaños amenazaban con sucumbir. Ornella temía por sus piernas, tenía miedo de lastimarse, de sentir dolor otra vez.
Una vez en la calle, vino a descubrir que estaba demasiado bien vestida para el sitio en el que se encontraba. Se le acercaban personas que no le gustaban, que olían a peste, que con miradas torvas se volvían amenazantes. Ornella no podía correr por la pegajosidad de ese suelo inmundo y para alivianar peso y distraer a un hombre que parecía estar siguiéndola, arrojó su cartera enorme y llena de cosas valiosas para ella, sin prever que su teléfono celular y el dinero estaban allí dentro.
No importa, más miedo le daba que pudieran violarla, siquiera... tocarla.
Llegó a una de esas estaciones de tren que están semicubiertas, que parecen más de metro que de un tren común. Presa del espanto, ingresó a un andén solitario en donde una gotera obstinada golpeteaba sobre un caño que era más herrumbre que otra cosa. ¿Por qué estar ahí, sola y ahora sin cartera, sin teléfono y sin dinero? ¿Se podía ser tan tonta? ¿Se puede ser tan imbécil como para dejarse llevar por el terror y hacer estupidez tras estupidez?
Ornella, aterrada al ver que el tren que se acercaba no era de este mundo, sino algo demasiado enorme, veloz, humeante y fatal... intentó dar marcha atrás.
Nadie más que ella y el tren; tras de sí, una reja había sido cerrada con candado en los pocos minutos que llevaba en ese sitio.
Y acorde el tren se acercaba y la dejaba sorda con su pitido, desaparecía el andén convirtiéndose en vía...


domingo 26 de julio de 2009

Inés

Inés... viviendo siempre al revés, al punto que ella misma se ha puesto Séni de apodo, así puede honrar su alrevesismo como Dios manda, y dar vuelta todo lo que se cierne en torno a ella: su pasado, su presente, su nombre, su espejo, sus cuadros y los colores, deviniendo Daltoniana casi por necesidad.
Inés, con su nombre y vida al revés... ¿Qué pensarías si supieras que tantos te han amado y ni siquiera llegaste a saberlo? ¿Pero qué es lo que lleva a los hombres a callar y a hablar diez, veinte años después, cuando ya es tarde? Que después no la juzguen a Inés por sus dobleces, a Séni por sus elecciones y dudas, por su visión diferente de cómo debe ser vivida una vida para ser denominada "Vida" y no algo más insignificante que eso.
Ya no sé hasta qué punto puedo decir que ella vive al revés, si lo que ha dado vuelta es tan lícito como cuando lavamos pantalones y los bolsillos se salen hacia el otro lado, pudiendo así ver lo que realmente contienen esos bolsillos y lo que dejan de contener. Si al final, esta mujer no ha hecho más que darse vuelta como una prenda recién quitada o recién lavada, una prenda limpia a punto de plancharse... pero que a ella no la planchen, no; no lo necesita.
Para planchadas están las que quieren ser lisas y que nada se salga de su escueto lugar, ni un pelo erizado, ni una acción fuera de lo convencional, y eso... obviamente no es lo que desea Inés.

Séni no ha dejado de ser Inés; ahora lo es todo.