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Roxana Greco

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Roxana levantaba su pelo ensortijado, se colocaba una hebilla mecánicamente, señal de estoyenmicasaynecesitoponermecómoda , y se disponía a planchar una pila descomunal de ropa tras habérsele frustrado un paseo anhelado, aunque no fuese la culpa de nadie más que del destino que prefirió dejarla una vez más acicalada, para terminar haciendo las compras en el supermercado. Fue entonces el turno de las compras y de la plancha; contra la suerte no se puede, no hay caso. Cuando el pobre se divierte, blablabla... dice el refrán... blabla... si pusiera un circo, me crecerían los enanos , blablabla, pensaba Roxana Greco pasando la plancha al compás de la música y absorbiendo el aroma delicioso del calor mezclado con el enjuague para la ropa... un aroma de fresias y jazmines, sutil, fragancia a limpieza, a relax. Roció con un poco de esencia de bambú antes de guardar su columna policromática de ropa de cama, toallas, camisetas, camisones y medias. Se oía de fondo la música elegida, en este ...

Ornella

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Muerta de sed, se encontró abrigada de más y caminando por una calle sucia cuyas veredas pringosas la obligaban a deslizarse con cuidado para no resbalarse y caer, haciendo de sus circunstancias, algo peor. ¿Qué barrio era? Alguno, pero alguno bien desconocido. ¿Por qué estaba allí? Recordaba haber discutido con alguien minutos antes, algo acerca de canto, nada personal. La casa en la que previamente había permanecido para sostener dicha charla tan poco amable, estaba pintada (por dentro) de un verde chillón contrastante con el gusto de Ornella. Mientras sentada a la mesa llena de trapos y migas que otros habían dejado, ella miraba esos muros, tenía ganas de salir corriendo. Evidentemente salió corriendo por unas escaleras angostas de madera semi podrida que cada tres o cuatro peldaños amenazaban con sucumbir. Ornella temía por sus piernas, tenía miedo de lastimarse, de sentir dolor otra vez. Una vez en la calle, vino a descubrir que estaba demasiado bien vestida para el sitio...

Inés

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Inés... viviendo siempre al revés, al punto que ella misma se ha puesto Séni de apodo, así puede honrar su alrevesismo como Dios manda, y dar vuelta todo lo que se cierne en torno a ella: su pasado, su presente, su nombre, su espejo, sus cuadros y los colores, deviniendo Daltoniana casi por necesidad. Inés, con su nombre y vida al revés... ¿Qué pensarías si supieras que tantos te han amado y ni siquiera llegaste a saberlo? ¿Pero qué es lo que lleva a los hombres a callar y a hablar diez, veinte años después, cuando ya es tarde? Que después no la juzguen a Inés por sus dobleces, a Séni por sus elecciones y dudas, por su visión diferente de cómo debe ser vivida una vida para ser denominada "Vida" y no algo más insignificante que eso. Ya no sé hasta qué punto puedo decir que ella vive al revés, si lo que ha dado vuelta es tan lícito como cuando lavamos pantalones y los bolsillos se salen hacia el otro lado, pudiendo así ver lo que realmente contienen esos bolsillos y lo qu...

Uma

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Uma lectora, escritora, pensante, dibujante, sustantivo común como persona, como mujer, escritora y artista... sustantivo propio como Uma, adjetivo calificativo como armoniosa, sensata y melancólica... participio presente como pensante y ardiente; participio pasado como amada, venerada y a veces, olvidada. Qué vida la de algunas bellas, alejadas del mundanal ruido mientras las otras, las comunes, circulan entre los mortales con ímpetus de Marseillaise. Qué candor el de las Umas del mundo que leen a Márai mientras una delicia de chocolate amargo se deshace en sus bocas dulces, de besos solamente dados al elegido, al que se hizo acreedor de un pedacito de cielo que en momentos deviene en infierno, y no precisamente en el de Dante Alighieri. Uma protectora y protegida; amada y amante, sinuosa y avasallante, contemplativa y de armas tomar, una tormenta guardada en una caja, un volcán en el freezer. Creadora de historias de horror solamente para dar rienda suelta a su morbo; artí...

Timotea

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Timotea, morena y fría; madre de un asesino, cerebro del asesinato perpetrado por su vástago. Timotea gimotea, ahora que el nido le ha quedado vacío, ahora que el títere colgado de su ombligo envió a su mujer al otro mundo, vaya uno a saber qué mundo. No fue abusada por su padre ni golpeada por la madre, explotada por su abuelo ni humillada en el colegio. Los únicos recuerdos que nos llegan de ella son de mezquindad para con sus hermanos, de exacerbación del placer en causar discusiones entre sus padres para ser ella la ganadora: Dividir para reinar. Si no existía motivo para que sus padres pelearan, ella inventaba un rumor, que papito querido, te vi con la Rosalba el otro día acá a la vuelta... ¿Qué hacías? Yo no, m'hija, quién es Rosalba? Me pareció que estaban como novios, papito. M'hija, que sería otro. Mamita querida, me pareció escuchar al papi decir qué tetas que tiene la Rosalba... y que usted estaba un poco dejada... pero no estoy muy segura. Ni el padre h...

Santa

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Santa nació en un pueblo de Calabria, acostumbrada a que la mafia fuera parte de su cotidianidad... precisamente esa mafia que supera a cualquier otra en poder y estrategia. Proveniente de una ex familia acaudalada y educada originaria del Reggio di Calabria, Santa era propriamente una regina, una mujer con rasgos faciales de la realeza; nariz, frente y labios principescos, portadora de uno de esos rostros esculpidos en mármol de Carrara y exhibidos en los museos más selectos. En la intimidad, la llamaban Santina. En la escuela, sus compañeras la habían llamado Tina, Ina, Tuzza, pero ella no llamaba a nadie porque hablaba poco, raro en una italiana, pensarán algunos; sin embargo, les diré que no es raro en una sureña. Santa poseía la sabiduría ancestral que se transmite a veces sin palabras, esa riqueza álmica que hace a las personas más fuertes y no por eso más duras... Santa, Santina, Santuzza... ¿De qué estás hecha, querida? Su cultura era vasta y no por herencia sino por gusto...

Engracia

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La puerta de la casa de Engracia era angosta y corta, como su precaria inteligencia; también era de una belleza discreta, como ella y medio antigua, como su nombre. Ella combinaba perfectamente entonces con su puerta y la puerta, con la dueña de casa. Y precisamente la estrechez de su puertita la hacía parecer de cuento de hadas, de historias de pasteles horneados esperando a una alegre familia reunida en derredor de una mesa limpia de madera de quebracho colorado, con terminación rústica... con la rusticidad misma que vivía en la cabecita de la buena Engracia. Nunca entendió el fastidio de sus vecinos al no barrer las hojas que caían todos los otoños creando un tapiz inigualable. También les molestaba que no quitara las matitas asomadas por entre los peldaños pétreos que conducían a la puerta transportadora al mundo mágico de su dueña. Ellos veían desprolijidad en donde Engracia sólo veía arte; criticaban lo que ella disfrutaba y ella, sencillamente estaba habituada a vivir en ...