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Los entuertos de Eustaquia

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Eustaquia no sabe en dónde está parada, si es que está parada, porque hasta de eso mismo duda. Quizás esté acostada e imagine todo lo demás. Se siente desubicada con ese nombre que la marca cuando va a los conciertos de rock que le fascinan, ataviada con su indumentaria negra que provoca, dejando los hombros desnudos gracias a unos tajos hechos adrede a una remera semiajustada que le marca el busto de manera casi insultante y excitante.  Y ella va, con sus ojos delineados con lápiz negro y cargados de rimmel XXL que le hace el efecto de cortina más que de pestañas pobladas, y se abre paso con ese nombre que pega más con una monja de clausura del siglo XIX que con una mujer que rasga sus prendas para insinuar una sexualidad existente. Ella mira con ojos de gata amenazante, se pone a la defensiva y usa esa postura corporal que tienen los desconfiados, y con la mirada taladrante dice sin decir:  - Ni se te ocurra burlarte de mi nombre porque te castro acá mismo.  Y ...

Las disertaciones de Bonita

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A nadie se le ocurrió jamás, ni a uno solo de los que la conocieron, darse cuenta de que Bonita era su nombre real, el que aparecía en el documento de identidad.  Y ella, que andaba por la vida prestando atención a todo lo que la rodeaba y era una gran observadora de causas sin remedio, siempre pensaba en que la gente necesita transformarle el nombre al otro de un modo u otro, salvo excepciones. A las Florencias se les dice Flor, Florcita, Floppy, pero Florencia, muy pocas veces. Pareciera que emitir el nombre completo es una afrenta, algo demasiado formal, o la demostración de un enojo o antipatía hacia la susodicha. ¿Por qué? Bonita era curiosa de los mecanismos de la mente humana. Ahora le había dado por los nombres, quizás porque el de ella era tan poco frecuente como su personalidad divertida, cálida y en momentos, desconcertante. ¿No puede ser que a uno sencillamente le guste el nombre de la persona? No.  No son así las reglas de la sociedad. Si queremos a alguien, lo...

Anaïs

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Anaïs iba a llamarse Rosa, y antes, Aurelia. En algún momento de desacuerdos entre la madre, el padre, los abuelos y primos, amigos y todo aquél que quisiera opinar, la criaturita de Dios había pasado por muchos nombres de distintos orígenes y sonidos diversos. Dentro de las divagaciones estivales, también se pensó en llamarla Pétalo, pero la abuela paterna protestó a tiempo y fue escuchada. No toleraba que una nieta suya llevara uno de esos nombres hippies de la década del sesenta. ¿A quién se le ocurre llamar Pétalo a una bebé? Justamente al hijo de la dama que protestaba. La nuera volaba en su alfombra mágica mental imaginando a una hija suya con nombre telúrico: Eulalia, Rosenda, Cirila, Simona, Zoila... basta. Las abuelas armaron una trinchera impenetrable y ante ese muro de Berlín, nadie se atrevió a decir "esta boca es mía". Anaïs nació y aún no tenía nombre. En un mismo día se barajó la posibilidad de Rosa-María, Analía, Berenice, Azul, Ayelén, Denise y Vicenta....

La primavera de Vera

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El otro día, cuando volvía entre extenuada, satisfecha y melancólica de dar una clase de canto, me encontré con Rodolfo y Vera en la puerta de mi casa. Venían a invitarme a tomar un helado. Saludé a mi perra, le abrí la puerta para que saliera a disfrutar de las plantas, dejé las cosas entre el perchero y el sofá, me cambié la sandalias altas por las bajitas y me fui con ellos a compartir un rato de vida. La vi tan linda a Vera, tan florecida, tan tocada por el rayo del amor correspondido. Cómo cambia la gente ante el amor y el desamor. Un rostro pasa del esplendor a la opaquez en cuestión de horas. Vera brilla y tiene miedo de que le dure poco y yo le digo que no tiene por qué durar poco si todo está tan bien entre ellos. Y se pasa de la opacidad al brillo también de un momento a otro, y las miradas son otras, y el cuerpo expele ese aroma entre hormonal y lleno de vida que puja por salir por cada poro. La energía es positiva y el mundo parece menos hostil, menos hosco y más amable....

Sara

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Sara iba sentada en el colectivo, en uno de esos asientos que a nadie más que a ella y a mí nos gustan, los que están ubicados de espaldas al conductor y de frente al resto de la humanidad que viaja con cara de nada. Mientras otros se marean y despotrican, Sara disfruta del viajar al revés y ver alejarse lo ya transitado, que es también un dejar atrás pero bien a conciencia, dando la cara, no escapando para hacer de cuenta de que ese pasado no sucedió. Ahora que sé qué le pasa a ella, entiendo por qué me gusta también viajar en ese asiento transgresor y a contramano, un sitio que descoloca y desprograma, que dobla las esquinas en otro sentido y empuja la espalda hacia atrás con cada frenada en lugar de echarte hacia adelante. Uno sube a un transporte y coloca su culo en donde puede, en donde no haya un vómito, una escupida, algo sospechoso y repulsivo. Pero hay gente que se ha confesado incapacitada para sentarse de espaldas al conductor, y me pregunto qué trauma tendrán, qué les...

Loca

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La loca es tan sucia como hermosa, y vive escondida bajo su fachada maloliente  de mujer extraviada y alejada del mundo de los hombres buenos. Algunos la llaman "la loca de la vuelta", como si viviera a la vuelta de la casa de alguien. Otros dicen que es "la loca de la plaza", porque ella pasa muchas horas en ese lugar que parece regalarle una cuota de felicidad que nadie más puede comprender, a menos que transite una dimensión compatible con la de la desventurada. Casi todos se creen con más derecho que ella a estar en la plaza, planean formas de sacarla de ahí, piden que la vengan a buscar del Moyano, así la dopan y vive como una planta que no jode. Intentan espantarla como si fuera una mosca que merodea la zona del asado, una cucaracha en la sopa de un bar berreta, un bicho que se metió en el oído, una piedrita en el zapato. Y la tipa no se le acerca a nadie, no grita, no conversa, no pide y no brama. En algún momento de su día, la loca trans...

Delirios

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Como parejas extraviadas mentalmente hay por doquier, y empiezan poniéndoles a los hijos nombres de cualquier cosa que se les cruce por la mente para terminar dejándolos olvidados en un supermercado, así fue como los padres de Delirios decidieron una noche primaveral, (previa al parto que traería a este mundo pintoresco y caótico a la nena) llamar a su hija Delirios. Como ambos se culpaban uno al otro de delirar a lo pavote, no encontraron mejor cosa que dejar por sentado y bajo firma legal, que se hacían cargo de otro delirio, aunque éste era un ser vivo que tuvo a su madre en trabajo de parto todo el día. Delirios creció sana y fuerte, porque ella era de una naturaleza especial y porque sus padres (delirantes) al no caer nunca demasiado en la realidad, vivían construyendo mundos paralelos en donde la podredumbre exterior no tenía cabida, y en cierta forma era mejor eso, que tener a Delirios mirando Crónica TV para saber cuántos muertos había en el día. Remedios y Milagr...