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Hasta el día en que me muera

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Cuando me levanté esta mañana, ciertamente no me di cuenta de que él estaba mirándome con esos ojos, no con los amorosos y gentiles ojos que había conocido hace tiempo, sino con esa mirada fría y punzante que empezó a tener hacia mí una tarde en particular que preferiría olvidar. Así que cuando me levanté tarde hoy, casi a las once, sentí que algo valioso había cambiado, y no precisamente para mejor. Ya no tenía ese sentimiento fantástico dentro de mí; hasta mi cuerpo parecía pesar menos, no tener esa dulce sensación del toque del amante, el mágico soplo de vida, y mi mundo interior era como un cuenco vacío sin prospecto de ser rellenado. Quizás, estaba vacía y eso me hacía ver la vida como si ya estuviera muerta. Podía ver el afuera desde la distancia, aún cuando yo estaba allí, algo aterrorizante pero no al extremo de hacerme comenzar un ataque de pánico. No tenía hambre, ni sed, ni frío ni calor. Con sus ojos sobre mí y por encima de mí, mi mente repetía “Hasta el día en q...

El amanecer de Chiara

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Chiara tenía miedo de ir a dormir por las pesadillas que la acosaban sin tregua desde que tenía memoria.  Cuando el irse a la cama era el placer de casi todos, para ella significaba meterse voluntariamente en una trampa mortal puesta por un cazador de mirada punzante y mentalidad fría. Así lo intentó todo, desde probar infusiones orientales de sabor sospechoso que a otra gente surtían efecto, hasta hacer ejercicios de control mental, yoga, y relajación y también dejar de cenar para no tener el estómago lleno a la hora de acostarse.  Las pesadillas seguían su curso y parecían ser inmunes a cualquier tipo de modificación en las rutinas de Chiara. Era dormirse y caer en un pozo oscuro en donde los rostros perdían su lozanía para adquirir una tonalidad entre tiza y azufre y un hedor metálico. Allí estaban todas las situaciones que en la vida real no quería ver, las que negaba. El problema la llevó a aislarse. No fue de inmediato, sino que sucedió paulatinamente. Como dormía...

La Navidad de Ramira

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Ramira llegó a odiar la Navidad porque cada vez que ésta se acercaba, la gente más hipócrita y menos sensible que conocía, se ponía tonta y sentimental cuando el resto del año podía maldecir al prójimo sin culpa. De por sí bastante histérica, pasaba esa corta temporada de diciembre como si fuera un cuento de terror, esquivando a la gente que la rozaba con bolsas llenas de regalos y adornos para el arbolito. Y será que es cuando uno desea evitar algo, que ese algo lo sigue a uno indefectiblemente, que cada vez que Ramira encendía la televisión o iba a un centro de compras, se cruzaba con la roja imagen barbuda y panzona que emitía un siniestro ho ho ho. De inmediato y por su natural y algo exacerbado sentido de la compasión, Ramira recordaba que el pobre hombre que hacía de Papá Noel pasaba un calor terrible debajo del disfraz, por unos pocos pesos durante largas horas. Eso hacía que no odiara tanto al personaje en sí, como  a sus seguidores y fomentadores de tal vicio m...

Zoila

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Zoila se levanta a las cinco, entra al baño y par ada sobre una palangana enlozada,  se hace sus abluciones matutinas con una toallita áspera empapada en agua tibia tirando a calentita, previo enjabonamiento cuidadoso y metódico de su cuerpo entero, como en un ritual.  A su lado tiene dos jarras de agua para enjuagarse y una toalla blanca prístina. Así, la sirvienta se dispone a comenzar su día estando limpia y lozana; son para esto las cinco y media, y a esa hora ya está vestida con su uniforme azul lavanda, delantal gris y zapatillas blancas inmaculadas. Se ha peinado con un rodete prolijo y tirante que oculta su hermosa cabellera rojiza que ya deja ver alguna cana o dos, quizás tres pero no más. De su piel y su pelo irradia el aroma a limpio del jabón de lavanda. Ella tiene el olor de la ropa recién planchada y parece recortada de un catálogo. Zoila cumple. Habla y come poco, lee, no roba, ni piensa siquiera en tomar lo ajeno. Sólo vive para cumplir con su ...

Casta Diva

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A la pobre, no tuvieron mejor idea que llamarla como el aria de la ópera Norma . No podían ponerle un nombre relativamente normal, una palabra fácilmente digerible que no la dejara como una loca en medio del resto… no, tenía que ser Casta Diva Furlanetto Davis, Furlanetto por parte de padre y Davis por la madre, no va a ser por la Copa. En fin, la pobre Casta Diva salió de la Maternidad Sueco-Argentina con el nombre acoplado para siempre, los lóbulos perforados, aritos de perla y la bochita pelada. Digamos que salió procesada y producida para llegar a una reunión de bienvenida en su casa de la calle Pedro Morán, en el barrio de Villa Devoto, lugar en donde sucede de todo. Los abuelos se la pasaban como a la bandeja de las empanadas, los tíos y amigos le hablaban haciendo voces, y lo que todos ignoraban es que Casta Diva comprendía todo, todo en absoluto.  Ella pensó en su tercer día de vida, que así sería bastante insoportable vivir con toda esa gente levantándola cada...

Mimì cantante

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Mimì tenía la suerte de poseer una voz privilegiada, de gran caudal, timbre bello y agilidad para pasar de una nota grave a una aguda sin cambiar el color, y viceversa. Esa voz preciosa y aterciopelada, combinada con una técnica vocal bien resuelta, había hecho que Lucía Della Valle fuera una mujer muy atractiva, amén de que lo era aún estando callada. Así cruzó caminos con el innombrable, un tenor con el que compartió varias producciones en el Colón, La Plata y Montevideo. Él la persiguió diciéndole que nunca había sentido por ninguna fémina lo que por ella,  que por fin conocía el amor, bla bla bla, y empezó a acosarla por teléfono, en persona y telepáticamente. Se le aparecía en todas partes y le escribía cosas todo el día, la llamaba diez veces al teléfono de su casa y dejaba mensajes babosos en el contestador, además de incluir algún mensaje cantado, lo cual es ya bastante deprimente, al menos para gente como yo y como era ella antes de sucumbir ante este sátrapa. T...

Mimì antes

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Lucía Della Valle, alias Mimì como la de la ópera, antes de su cadena perpetua sin derecho a libertad condicional a la que fuera condenada por un crimen que sí cometió y del cual nunca se arrepintió, era una mujer fina, bastante narcisista, debido en parte a su profesión de cantante lírica, aunque generosa y compasiva con aquéllos a los que ella creía merecedores de tales virtudes.  Su amor era total, así como su odio; en ella, las medias tintas no tenían cabida. Su fineza le era tan propia que nunca la abandonó, ni aún en los ratos más oscuros de la cárcel maloliente y llena de minas gritonas, de una asquerosa ordinariez, animalitos de Dios, o animalitos a secas, porque los animales son divinos y estas mujeres son como para echarles insecticida, pesticida, o para ponerles cicuta o cianuro en la colación de la mañana. No, no hay que perder la esencia, no hay que caer en la obscenidad, en la vulgaridad; más vale tengo que ser yo quien influya sobre el resto, y no el resto...