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Mia

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Mia despertó. Se sentó en la cama con dificultad. Tenía la nariz tapada, le picaban los ojos, le dolía la cabeza y sentía un calor abrumador. Últimamente no dormía bien, tal vez porque tenía que resolver ciertas cuestiones, tomar ciertas decisiones que iban dilatándose en el tiempo mucho más de lo imaginado, y mientras tanto, sus sueños variados oscilaban entre la más hilarante y ridícula situación, y la pesadilla más aterradora sin efectos especiales, pero con muchos elementos naturales, reales, tangibles, que podrían volver loco al más cuerdo. En su vida onírica se gestaban todas las historias de ficción que Mia escribía posteriormente, lo cual era una ventaja, una muy grande, aunque también dormida era cuando emergían las pistas clave acerca de todo lo referente a su vida fuera de la ficción. Y a veces uno no quiere ver las cosas tal cual son. Mia no necesitaba pedir consejos a otros porque los solos efectos del sueño, le brindaban toda respuesta; entonces, sólo se trataba de dor...

Elba

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La llamaron Elba porque nació al alba, y como Alba era ya la madre, la hija sólo poseería la variante de la E, que la conduciría por otros caminos, otras experiencias de vida, una senda quizás zigzagueante al contar con dos vocales y no solamente con una repetida: Elba-Alba, e a, a a.  Elba asomó su tibia cabeza húmeda llena de placenta, a las horas en que el sol despunta y la aurora se instala, un rato, ese instante mágico que perdura lo justo para no morir de estremecimiento ante belleza tal, y permanece lo suficiente como para poder gozar del milagro sin la ansiedad por el tiempo que se va.  El padre se llamaba Bautista y él mismo bautizó a la niña en las aguas del mar, aquel verano en que la hija deseada cumplió dos años. Y los tres juntos jugaron en la playa durante horas, mirándose, riendo y no pensando en las miserias humanas que opacan lo puro. Porque Alba y Bautista eran buenos y así permanecieron en la memoria de Elba para siempre, como dos almas gemelas que se ha...

Violeta

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Lejana, muy lejana a la cumbia y a la bailanta, existe Violeta y aunque su nombre provoca que una parte de sus alumnos le canten No la dejes ir, no la dejes ir, ¿por qué? te lo digo yo, ¿Quién es? Violeta, y se va sin decir adiós... esta Violeta pertenece a un mundo de sinfonías y melodías cadenciosas, arias y preludios ejecutados por violines, violas y cellos, también algún saxo tenor jazzeando en esas noches de wok, risas, besos y buena compañía.  Ella, Violeta, enseña música en dos escuelas secundarias; una en San Isidro y la otra, en Isidro Casanova. Y en sus momentos de pavada cotidianos, que los tiene y sin remedio, piensa en que Isidro es santo y casanova al mismo tiempo y eso constituye una contradicción (para ella al menos).  Los viajes en tren y colectivo le permiten meditar, comparar, analizar el mundo en el que vive, en el que vivimos, un universo que para algunos es de bailanta y para otros, de ópera, en donde muchos braman por comer y otros desechan comida. V...

Prue

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Ya que sus padres habían cometido el casi sacrilegio de llamar a sus hijas con sustantivos abstractos, Prudencia eligió que le dijeran Prue para así sobrellevar un nombre que la marcaba, limitándola a ser prudente y a no sobresalir, por más que era bonita y buena. Mientras sus queridos y extravagantes padres la llamaban Prude, ella averiguaba a escondidas en el registro civil, si existía alguna manera de pasar de Prudencia a Prue o a algún nombre menos controversial, trámite que fue absolutamente inútil. Entonces se amigó con su nombre y se preguntó qué habría sido de su vida llamándose Selva o Antonella, Ana, Giannina o Violeta, Chiara, Stella, Rebeca o Julieta. Cada nombre diría algo sobre la dueña o al menos querría decirlo; posiblemente sus padres habrían pensado que sus hijas Esperanza, Prudencia, Socorro y Remedios salvarían a la humanidad con tanta virtud junta. Tal vez había sido un capricho o uno de esos juegos extraños en los que caen algunas parejas que parecen armar las ...

Indira

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Indira no tenía apellido indio ni de ninguna etnia semejante. Como en la mayoría de los casos, así le habían puesto porque estaba de moda cuando ella nació. Menos mal que le tocó llamarse Indira y no uno de esos nombres que no son nada más que un sonido vacuo sin contenido, o algo con un significado espantoso. Su voz era bonita y la sonrisa, rápida como su pensamiento, volaba como en aeroplano sobre los demás, que a su vez se sentían penetrados de la energía vital que irradiaba Indira con su sola presencia. Y sus risas no provenían de la burla, del sarcasmo o de la histeria sino de un natural sentido del humor que se exacerbaba al ser bien tratada. Eso no quita que alguna vez no vomitara algún sarcasmo o que su agenda de burlas se encontrara vacía; no, no estaba exenta de humanidad. Ella se burlaba de gente falsa, pero lo hacía sin reír porque la risa era elemento de festejo para ella y no de crítica o indignación; y si alguna palabra cínica se deslizaba como aceite por su boca, la ...

Ofelia

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Ofelia tenía por sobre todas las cosas, una cuota de sinceridad y de intuición que asustaba a los mentirosos. Más allá de sus defectos, era dueña de un grado de dignidad que otras más amadas ni conocían. Eso significaba que poseyendo la inteligencia y las armas para destruirle la vida al imbécil que se aprovechó de ella, Ofelia no las había usado y no porque no se le ocurriera, porque ideas tenía y sobradas, sino por una decisión tomada de no hacerle a otro sentir el daño que le habían ocasionado a ella.  Su dolor era agudo, pero pensó: - Que pague lo que me ha hecho sin que yo intervenga. La vida se encargará por sí sola. Se quedó viviendo su vida y entendió (por fin) que existen personas que no deberían entrar en dicha categoría humana, sino en la de meros seres bióticos sin alma, sólo poseedores de cerebro y sentidos, pero no de sentimientos profundos, fagocitadores de corazones vulnerables, vampiros chupadores del flujo vital de personas que quizás eran sus ángeles guardianes...

Ramona

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Ramona fue verde desde que nació.   Lo más raro consistió en que sus padres no le dieron importancia alguna, ni tampoco los médicos.  La madre dijo cuando se la entregaron al parir: - Está algo verde.  El padre de la criatura la observó y exclamó: - Mmm... no tanto. Luego olvidaron el asunto. Prontamente empezó a crecer una mata espesa de pelo color esmeralda en la cabeza de quien al mirarse en el espejo no notaba diferencia alguna con sus padres, abuelos, vecinos y personas que se cruzaban en su mundo. Nadie notaba siquiera que la piel de Ramona era más brillante que lo corriente, y más parecía un delicado y suave cuero, que piel humana.  Ella había ido mutando con los años y quienes la rodeaban no lo percibieron y no porque la dulce Ramona pasara inadvertida, sino porque sus cualidades eran tantas que el color no era evidente, mucho menos obvio. Los años siguieron pasando vertiginosamente mientras su verdor se acentuaba y comenzaba a tomar una tonalidad algo...